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Mar 26, 2021 476 Bishop Robert Barron, USA
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LA GLORIA DE DIOS ES UN SER HUMANO ‘PLENAMENTE VIVO’

La conclusi?n evang?lica es la exclamaci?n: «Jesucristo ha resucitado de entre los muertos». Estrechamente vinculado a esa declaraci?n est? la convicci?n de que Jes?s es quien dijo ser, que las propias afirmaciones de Jes?s de actuar y hablar en la misma persona de Dios est?n justificadas. Y desde la divinidad de Jes?s viene el humanismo radical del cristianismo.

Es este tercer principio evang?lico que quisiera explorar, aunque brevemente, en este art?culo. Los padres de la Iglesia resumieron consistentemente el significado de la Encarnaci?n usando la f?rmula «Dios se hizo humano, para que los humanos se convirtieran en Dios». La entrada de Dios en nuestra humanidad, incluso hasta el punto de la uni?n personal, equivale, y vieron, a la mayor afirmaci?n y elevaci?n posible del ser humano. San Ireneo, el gran te?logo del siglo II, podr?a expresar la esencia del cristianismo con el adagio conciso «la gloria de Dios es un ser humano plenamente vivo».

Ahora me doy cuenta de que gran parte de esto es contraintuitivo. Para muchos, el cristianismo cat?lico es antihumanista, un sistema caracterizado por una serie de leyes que controlan la autoexpresi?n, especialmente en el ?mbito de la sexualidad. De acuerdo con la narraci?n moderna est?ndar de la historia, el progreso humano equivale a un aumento de la libertad personal, y el enemigo de este progreso (si se permite que surja el sub-texto m?s oscuro de la narrativa) es el cristianismo quisquilloso y moralizador. ?C?mo hemos pasamos del exuberante humanismo cristiano de San Ireneo a la sospecha moderna del cristianismo como principal oponente del progreso humano? Mucho depende de c?mo construimos la libertad.

La visi?n de la libertad que ha dado forma a nuestra cultura es lo que podr?amos llamar la libertad de indiferencia. En esta lectura, la libertad es la capacidad de decir «s?» o «no» simplemente sobre la base de sus propias inclinaciones y de acuerdo con su propia decisi?n. Aqu?, la elecci?n personal es primordial. Podemos ver claramente este privilegio de elecci?n en los ?mbitos econ?micos, pol?ticos y culturales contempor?neos. Pero hay una comprensi?n m?s cl?sica de la libertad, que podr?a caracterizarse como libertad para la excelencia. En esta lectura, la libertad es la disciplina del deseo para hacer posible el logro del bien, primero posible, y luego sin esfuerzo. Por lo tanto, me vuelvo cada vez m?s libre en mi uso del idioma ingl?s cuanto m?s mi mente y mi voluntad se formen en las reglas y la tradici?n del ingl?s. Si estoy completamente moldeado por el mundo del ingl?s, me convierto en un usuario completamente libre del idioma, capaz de decir lo que quiero, lo que sea que tenga que decirse.

De manera similar, me vuelvo m?s libre en jugar al baloncesto cuanto m?s se colocan los movimientos del juego, a trav?s del ejercicio y la disciplina, en mi cuerpo. Si estuviera completamente formado por el mundo del baloncesto, podr?a superar a Michael Jordan, porque ser?a capaz de hacer, sin esfuerzo, lo que el juego me exigiera. Para la libertad de indiferencia, las reglas objetivas, los ?rdenes y las disciplinas son problem?ticos, ya que se sienten, necesariamente, como limitaciones. Pero para el segundo tipo de libertad, tales leyes son liberadoras, porque hacen posible el logro de un gran bien.

San Pablo dijo: «Yo soy el esclavo de Cristo Jes?s» y «es por la libertad que Cristo os ha liberado». Para un defensor de la libertad de indiferencia, la comparaci?n de esas dos afirmaciones no tiene sentido. Ser esclavo de cualquiera es, necesariamente, no ser libre de elegir. Pero para el devoto de la libertad para la excelencia, las declaraciones de Pablo son completamente coherentes. Cuanto m?s me rindo a Cristo Jes?s, quien el mayor bien posible, la encarnaci?n de Dios, con m?s libertad soy quien se supone que soy. Cuanto m?s Cristo se convierte en el maestro de mi vida, m?s interiorizo sus demandas morales, m?s libre soy para ser hijo de Dios, para responder r?pidamente al llamado del Padre.

Por ?ltimo, los seres humanos no tienen hambre de elegir; tienen hambre de elegir lo bueno. No quieren la libertad del libertino; quieren la libertad del santo. Y es precisamente esta ?ltima libertad la que ofrece la evangelizaci?n, porque ofrece a Cristo.

Por extra?o que sea, uno de los evangelistas m?s grandes del Nuevo Testamento es Poncio Pilato. Presentando a Jes?s azotado a la multitud, dice: «Aqu? tienen a su hombre». En la deliciosa iron?a del Evangelio de Juan, Pilato llama involuntariamente la atenci?n sobre el hecho de que Jes?s, completamente sometido a la voluntad de su Padre, incluso hasta el punto de aceptar la tortura y la muerte, es en realidad «el hombre», la humanidad en su m?ximo estado y maxima libertad.?

El evangelista de hoy hace lo mismo. El sostiene a Cristo, la libertad humana y la verdad divina en perfecta armon?a, y dice: «Contemplad a la humanidad; contemplad lo mejor que pueda ser».

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Bishop Robert Barron

Bishop Robert Barron is the founder of Word on Fire Catholic Ministries and Auxiliary Bishop of the Archdiocese of Los Angeles. Bishop Barron is a #1 Amazon bestselling author and has published numerous books, essays, and articles on theology and the spiritual life. ARTICLE originally published at wordonfire.org. Reprinted with permission.

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